En un país en el que llegar tarde por unos cuantos segundos puede ser motivo de escándalo, la presión por ser puntual es demasiada.

Algunas empresas descubren que la puntualidad no siempre significa eficiencia.

En febrero de este año, Japón fue sacudido por un escándalo: El ministro de las Olimpiadas, Yoshitaka Sakurada, tuvo el descaro de llegar tres minutos tarde a la junta parlamentaria. La oposición llevó a cabo una protesta de cinco horas en respuesta a la tardanza de Sakurada, y el público lo condenó a la hoguera. Días despúes, el ministro fue obligado a disculparse.

Esto no ocurre solamente con figuras de la escena pública. Para operadores de negocios, instituciones y trabajos relacionados, la puntualidad en Japón es de vital importancia.

En el 2018, un tren de JR-West Railway salió 25 segundos temprano, generando críticas públicas y una disculpa de la compañía. El incidente fue ampliamente cubierto en Japón, y fue considerado como un error grave por JR-West Railway.

“Es inaceptable la gran inconveniencia que provocamos a nuestros clientes,” dijo la compañía.

Desde una edad muy temprana, a los japoneses se les enseña la importancia de la puntualidad. “Mis padres siempre me enseñaron que era importante no llegar tarde, pensar sobre las personas a las que afectaría si llegara aunque fuera un poco tarde, y creo que lo he asimiliado,” dice Issei Izawa, un estudiante universitario de 19 años.

Hanako Hosomura, una ama de casa de 35 años que vive en Saitama, dijo que odia llegar tarde, incluso si es por un minuto. “Prefiero llegar temprano a una cita porque es mejor para mí esperar que hacer que alguien más me espere,” dijo, añadiendo que no tendría amistades que llegaran tarde y afectaran a otras personas.

Pero para muchos, este énfasis cultural en la puntualidad puede ser estresante. “Mi novia trabaja en un call centre para JR Railways. La semana pasada regresó de un descanso y el supervisor le dijo ‘llegas 10 segundos tarde’,” dijo un hombre que pidió no ser nombrado, agregando que su pareja recibió una advertencia por su tardanza. “Es demasiado extremo,” dijo.

La obsesión por la puntualidad en Japón a veces se ve con interés por los visitantes, y es notorio por ser una de las peculiaridades del país. Pero en realidad, la tardanza en el trabajo tiene un impacto real en la economía.

En Reino Unido, los trabajadores que llegan tarde le cuestan 9 mil millones de libras a la economía (11.7 mil millones de dólares) de acuerdo a un reporte del 2017 de Heathrow Express. Más de la mitad de las personas entrevistadas admitieron llegar tarde al trabajo y a las juntas regularmente.

En Estados Unidos, la impuntualidad también tiene un gran costo. En Nueva York, los trabajadores impuntuales le cuestan al país 700 millones de dólares; en California, mil millones, de acuerdo a un reporte del 2018 de Inc magazine.

Pero la puntualidad en Japón no es omnipresente como muchos piensan. Hasta el siglo XIX, el Japón preindustrial tenía una actitud mucho más relajada. Willem Huyssen van Kattendijke, un oficial naval holandés que llegó al país en la década de 1850 escribe en su diario que los locales nunca eran puntuales. “El ocio de los japoneses es impresionante,” dijo. En ese entonces, los trenes podían salir hasta 20 minutos tarde.

Durante la Restauración Meiji (1868-1912), en la que el Emperador Meiji abolió el sistema feudal e implementó reformas militares e industriales, la pntualidad se volvió la norma, de acuerdo a un artículo del 2008 en la revista East Asian Science, Technology and Society de Duke University.

Este hábito fue visto como un pilar para el progreso del país de una sociedad agrícola a una sociedad moderna e industrial.

Las escuelas, fábricas y trenes, donde la puntualidad fue aplicada de manera estricta, fueron las principales instituciones que impulsaron este cambio social. Las fábricas adoptaron el taylorismo, un sistema de administración que economiza la eficiencia y productividad laboral creando líneas de ensamble y bandas transportadoras.

Alrededor de este periodo, los relojes se convirtieron en artículos populares, y el concepto de la división del día en 24 horas se familiarizó en los ciudadanos comunes. Más importante aún, de acuerdo al investigador Ichiro Oda, en esta época los japoneses se dieron cuenta que “el tiempo es dinero”.

Para los años veintes, la puntualidad fue enarbolada en la propaganda del país. Pósters de vida y estilo mostraban guías para las mujeres para arreglarse el cabello en 5 minutos, y hasta 55 minutos para ocasiones formales.

Desde entonces, la puntualidad se ha relacionado con productividad en empresas y organizaciones, de acuerdo a Makoto Watanabe, profesor asociado de medios y comunicación de la Universidad de Hokkaido Bunkyo. “Si los trabajadores llegan tarde, la compañía y el grupo lo pagarán,” dijo. “Hablando personalmente, si no llego a tiempo, no puedo terminar las cosas que necesito hacer.”

Es importante para los trabajadores de las compañías presentarse como disciplinados y puntuales, dice Mieko Nakabayashi, profesora de ciencias sociales de la Universidad de Waseda y anterior abogada del Partido Democrático. “Si no puedes hacerlo, entonces pronto tendrás una mala reputación dentro de la compañía.” Pero como ella explica, la puntualidad no siempre es igual a eficiencia.

En 1990 ocurrió una tragedia en la prefectura de Hyogo, cuando una estudiante murió aplastada por las puertas de su preparatoria cuando intentó pasar por ellas mientras se cerraban a las 8:30. La maestra que presionó el botón fue despedida, y el incidente creó un debate en torno al tiempo.

“En ese entonces era común cerrar la puerta a tiempo y castigar a los estudiantes haciéndolos correr una o dos vueltas,” dijo Yukio Kodata, un japonés-canadiense de 33 años que ha vivido y trabajado en Japón, donde los registros de impuntualidad de los estudiantes pueden afectar su ingreso a universidad.

La puntualidad en Japón tampoco compensa el alto nivel de ineficiencia en compañías y organizaciones. “Las juntas se pueden extender por horas, la mayoría de la gente no aporta nada, y las tareas son repetitivas. Estar en tu escritorio desde las 9 no hace ninguna diferencia al ver la imagen completa,” dice Mieko, enfatizando el hecho de que la mayoría de las empresas le piden a sus empleados trabajar más de 80 horas extras sin paga al mes, de acuerdo a un reporte del 2016.

Al final, el énfasis en la puntualidad y la falta de límites en las horas extra afectan la calidad de vida, dice Kodata, el hombre japonés-canadiense. “En Japón la gente tiene la mentalidad de que si todos lo demás lo hacen, ellos también tienen que hacerlo. Muchos de mis amigos que vienen de Japón a Canadá no quieren regresar. Les gusta Japón por el entretenimiento y la comida, pero no regresarían a trabajar ahí.”

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